Entre viñas y mareas: el renacer del buen vino en Ribamontán al Mar. Pasado, presente y futuro.

En el catálogo de paisajes relevantes de Cantabria se encuentra uno, rural y enmarcado en la marina central. Entre el mar Cantábrico y casonas, solariegas o no, se encuentra un municipio con mucha historia: Ribamontán al Mar.

Hoy, hablamos de uno de sus muchos secretos: el vino. Si, no se sorprenda nadie puesto que durante siglos, este rincón de Trasmiera combinó el pulso marinero con la vida de los campos, donde el vino blanco pasa a partir del s. XVI a denominarse como chacolí, fue símbolo de identidad y orgullo local.

Este vino, conocido por ser ácido y ligeramente efervescente, era producido en tierras de secano y su cultivo en nuestra región se remonta al siglo III d.C., durante la época romana tardía, cuando el emperador Probo derogó el edicto de Domiciano que restringía las plantaciones vitícolas fuera de Italia. Esta medida impulsó la expansión de viñedos en la Cornisa Cantábrica, incluyendo las laderas de Ribamontán al Mar, donde las vides silvestres autóctonas se domesticaron para producir un vino ligero y ácido, precursor del chacolí.

Los romanos, con su red de calzadas y villas agrícolas, integraron la vid en el paisaje local, combinándola con otros cultivos que en modestas cantidades eran transportados en carros de bueyes que surcaban caminos empedrados hacia puertos como el de Santander, donde se intercambiaban por sal y metales. Las legiones romanas asentadas en proximidad, como en Julióbriga o Portus Victoriae (actual Santander), demandaban vino como parte de su abastecimiento, midiendo las provisiones en unidades romanas adaptadas, tales como ánforas (lo que serían 26 azumbres modernas, más menos 52 litros).

Con la llegada de la Edad Media, la vid se afianzó como pilar económico y cultural bajo el influjo de los monarcas visigodos y, posteriormente, de los reyes astur-leoneses. Documentos como el Cartulario de Santa María del Puerto (siglo XI) ya registran viñas en Carriazo y Suesa, pueblos de Ribamontán al Mar, donde el chacolí se convertía en un bien regulado por los concejos locales.

Alfonso VIII de Castilla, en el siglo XII, concedió fueros y privilegios a villas cantábricas, fomentando el cultivo y el comercio para abastecer a la corte y a mercados lejanos. Estos monarcas veían en el vino no solo un recurso fiscal —a través de impuestos como el diezmo eclesiástico—, sino un símbolo de prosperidad feudal.

El comercio floreció: el chacolí de Ribamontán se exportaba a Santander, desde donde zarpaba hacia Inglaterra y Flandes en barcos mercantes, intercambiado por lana y tejidos.

La Edad Moderna, del siglo XV al XVIII, marcó el apogeo del chacolí en Ribamontán al Mar, impulsado por monarcas como los Reyes Católicos y Carlos I, quienes promovieron la expansión agrícola para sostener el imperio. El Catastro del Marqués de la Ensenada (1753) detalla cómo cada pueblo —Carriazo, Castanedo, Galizano, Langre, Loredo, Somo y Suesa— albergaba viñedos que abastecían lagares de piedra y prensas de roble.

Los rendimientos variaban, siendo Carriazo, por ejemplo, capaz de producir entre una y tres cántaras de vino por carro de tierra de viña, según la calidad. Suesa llegó a registrar 180 carros de viñas.

El chacolí era un vino clave en la economía local y su cultivo requería doce precisas labores: Podar las viñas; Atarlas;Vidijar; Preparar su Madera y mimbres (para los parrales); y, arar y quebrar aradas (con el arado, sin azada).

El vino también llamado patrimonial impulsó el comercio marítimo con Santander. Los Concejos regulaban su venta, obligando a despachar el chacolí de la tierra antes que el vino foráneo (de Castilla o Rioja), y fijando su precio por azumbres.

Los Ayuntamientos de la Junta obligaban a los administradores de las tabernas (o ventas) a vender el vino de los vecinos del pueblo con preferencia al forastero hasta que la cosecha local se consumiera por completo. También la venta del chacolí (y otros bastimentos como pan y aceite) estaba sujeta a postura (precio fijo) establecido por la Justicia y Regimiento de la Junta de Trasmiera. Por ejemplo, en Galizano (1784), los vinos chacolís de la cosecha del Lugar se despacharían primero según el precio que pusiera el Procurador. El vino foráneo también se vendía a precios que el Procurador previniese, considerando su calidad, coste y sisa.

Los Concejos administraban el comercio local rematando la provisión de abastos (tabernas/ventas). Los rematantes tenían la obligación de pagar a Su Majestad la sisa que correspondía a los consumos del vino. En Somo, si los cosecheros (labradores) optaban por vender su vino patrimonial en su misma casa, quedaban exentos y libres del cobro de derechos conocidos como sisa y vendaje.

Las casonas solariegas de linajes como los Velasco, Ceballos o Jorganes dominaban estas heredades, donde la vendimia unía a nobles y campesinos en un ritual anual. Documentos del siglo XV en Galizano mencionan la compra de heredades por Juan de Velasco adyacentes a una viña perteneciente a Domingo Pérez de la Riba. En los escudos tallados de dichas familias aún se intuyen los tiempos en que los nobles y labradores compartían la vendimia y, aún quedan vestigios de algunos rollos a modo de cerramientos usados para emparrar en casonas, así como algún topónimo como “lagar”.

El cultivo se realizaba en parrales emparrados sobre tutores de mimbre o castaño (bozas). La elaboración tradicional implicaba el uso de lagares de piedra caliza excavados en la roca, donde se prensaba la uva con prensas rudimentarias de roble, sin pisado de uva, lo que ayudaba a preservar su acidez natural y burbujas carbónicas.

El comercio con Santander se intensificó: carros cargados de cántaras y azumbres cruzaban por La Canal de Galizano o desde Somo hacia el puerto, donde el chacolí se embarcaba para Bilbao o Sevilla, a menudo como trueque por especias y herramientas.

Alfonso X el Sabio, en el siglo XIII, eximió del diezmo el vino exportado, una medida que se extendió bajo Fernando IV y Alfonso XI, facilitando el envío de uvas y vino a mercados exteriores.

En Ribamontán, los concejos decretaban que el chacolí local se vendiera primero, protegiendo la economía regional. Variedades como la viñón y la verdeja, hoy en gran parte perdidas, dominaban los viñedos, ofreciendo rendimientos que se medían en cuarterones (unidades de superficie equivalentes a unos 500 metros cuadrados, plantados con hasta 1.000 cepas). Los monjes de monasterios cercanos, como Santa María del Puerto en Santoña, influyeron en la difusión de técnicas de cultivo, integrando la vid en una economía de autoabastecimiento familiar.

El declive se aceleró en el siglo XIX, azotado por plagas como el oídio (detectado en Cantabria en 1854), el mildiu (a partir de 1878) y la filoxera (invadiendo Liébana en 1906 y extendiéndose a la costa). Estas enfermedades, de origen americano, devastaron los viñedos de Ribamontán al Mar, reduciendo las plantaciones a parras domésticas en patios y huertas. Monarcas como Isabel II intentaron reformas agrarias, pero el impacto de la economía de mercado favoreció importaciones baratas, erosionando el comercio local. Aun así, unidades como la cántara persistieron en los registros catastrales, midiendo las escasas cosechas que se destinaban a autoconsumo o trueques en Santander. El Diccionario de Pascual Madoz (1845-1859) documenta que, a mediados del siglo, la producción de chacolí se limitaba a la parte oriental de la provincia, con algunas plantaciones remanentes en zonas como Castañeda y Suances, pero en Ribamontán al Mar, la ganadería lechera desplazó la vid, transformando terrazgos en prados.

Y hoy, en pleno siglo XXI, resurgen proyectos que intentan recuperar ese legado vitivinícola de la costa cántabra: un ejemplo es la bodega Bodega Bahía de Santander, en el vecino pueblo de Castanedo (Ribamontán al Mar). Su objetivo es rescatar esa tradición, cultivando variedades blancas como la Godello o la Riesling bajo la denominación Indicación Geográfica Protegida Costa de Cantabria y devolviendo al paisaje vitícola costero la vida de antaño. Forjando una de las dos IGP del vino cántabro.

Y para disfrutarlo todo —el sabor del chacolí, el saber de su historia y las vivencias del territorio— te recordamos que en Casa Vacas te ofrecemos alojamiento acogedor, familiar y lleno de actividades. Aquí podrás dormir, saborear y explorar.

Además, hemos diseñado rutas de interpretación del territorio, y una de ellas estará dedicada específicamente al chacolí: visitaremos los antiguos viñedos, conoceremos lagares, casonas solariegas, topónimos que remiten al pasado vitícola de Ribamontán al Mar y sus alrededores. Todo ello para que entres en profundo contacto con la historia, el paisaje y la cultura de esta tierra.

Te esperamos para compartir una copa, un recorrido y una estancia que conectan saberes y sabores.

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